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 Amistades peligrosas.

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Raissa
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MensajeTema: Amistades peligrosas.   Jue Oct 15, 2015 9:55 pm

Advertencias: Escenas +18

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Cada mañana salía ella a correr, o bueno, a trotar. No importaba si llovía o hacía tremendo sol, le gustaba por lo menos hacer ese ejercicio, ya que en realidad le daba pereza realizar sentallidas, flexiones de brazos... Buf, y poco tiempo le daba también, lo importante era no ser una floja de tiempo completo, y por lo menos así tenía una apariencia más o menos buena. En esta ocasión, la chica de largos cabellos negros iba a gusto por el parque, como siempre, observando a su alrededor. Aunque, bueno, tan temprano iba a correr que pocas personas había y prefería mirar los pájaros, las nubes moverse, y por qué no, uno que otro chico guapo que iba por ahí, si estaba soltera tenía derecho a eso, ¿no?

Se quedó posando su mirada en un pajarito que iba con un ala rota, y por mirar a dónde se iba a refugiar, no notó cuando alguien más venía, chocando inesperadamente contra la otra persona.

- ¡Ay! -Cayó la chica al suelo, ¡por tonta! Porque se puso en el lado que no era, se seguía equivocando, no tenía que ir por la izquierda, sino por la derecha, ¡ya no estaba en Japón! -Perdón... -susurró ella tratando de levantarse sin fijarse aún en quién había chocado su humanidad.
-No pasa nada-con semblante y tono serio, el caballero le ofreció su mano para que se pusiera de pie. Ella le tomó con timidez y quedaron frente a frente. El de piel tostada se le quedó mirando, analizando su cuerpo, y no por placer visual, sino en búsqueda de alguna herida.
-Estoy bien-se adelantó ella al notar la mirada del hombre.

La chica se disculpó por el choque y agradeció la ayuda, y continuó trotando. El hombre, de mirada gris, se encogió de hombros y continuó su marcha, o su correr, que era lo que hacía.
La de cabellos negros pronto regresó a casa y tomó una ducha para refrescarse. Como entraba al trabajo a eso de las nueve, decidió ir al restaurante de su amiga, ya que también quedaba cerca a la escuela donde dictaba clase. No tenía ganas de cocinar y su amiga, Ayame, siempre me sorprendía con un desayuno delicioso, además de nutritivo.

Llegó al lugar, no tan lujoso pero muy elegante. El lugar abría siempre para ofrecer desayunos y almuerzos de lunes a viernes. El día viernes, añadía un horario extra para las cenas, y almuerzo y cena los fines de semana. Era martes, y por ende iba a tomar la chica su primera comida. Aunque, claro, antes de ir a trotar había comido algo para no desfallecer. Se sentó y una mesera le saludó, asintieron ambas con la cabeza y la chica que atendía se regresó. Al poco rato, sale una alta y bella castaña en un uniforme más elegante que los demás presentes.

-Bienvenida a La vid est belle, ¿sorpresa o se te antoja algo? -Le gustaba bromear con lo de la bienvenida, para luego proseguir con una amistad normal.
- ¡Ayame! Hoy quiero que me sorprendas-le dijo luego de darle un saludo y acomodar su cartera en la silla de junto.
-Muy bien, dame unos minutos. Enseguida regreso-indicó dándose la vuelta.

La japonesa fue a la cocina y regresó con un plato de comida caliente y una bebida. Chocolate caliente y postres de desayuno se posaron frente a Akatsuki, además de huevos y tocino. Ayame se sentó en otra silla más.

- ¿Cuándo vamos al cine? -decía la castaña de largo cabello recogido con mirada de perrito.
- ¡Oye! No es mi culpa que los chicos estén tan alborotados. Prometo que la próxima semana será-respondió la de ojos claros mascando los huevos.
-Pero así nunca conocerás chicos, eso te servirá para relajarte el estrés de esos niñitos-insinuaba la joven chef con sonrisa picarona.
- ¡Oye! -exclamó nuevamente la otra asiática, atragantándose por poco con el tocino que estaba singularmente delicioso-Luego conoceré a alguien-masculló con molestia.
-Ummm... -pensaba la chica, y antes de poder decir algo, le llamaron de la cocina. Debía retirarse.
-Eso, vete, que quiero comer-bromeaba ella.

Ayame se retiró y Akatsuki continuó con su comida. La campanilla de la puerta sonó y un hombre alto se adentró, tomando asiento en una mesa muy cercana a la de la japonesa. Ambos cruzaron su mirada y definitivamente se reconocieron. El hombre hizo un mohín como a modo de saludo con su boca, seguidamente tomó la carta del menú y una mesera se le acercó. Al poco rato tenía comida en la mesa lista para devorarla.
¡Era tanta! Incluso la de mirada clara se sorprendió.

-Es demasiado-susurró sacando el tenedor de su pequeña boca-. Ya veo por qué corres tanto-dijo en voz alta, pero al parecer el hombre no le escuchó.

Ayame regresaba y notó la mirada que daba Akatsuki al cliente.

-Vaya, vaya, pero si es Carlos Santana-la castaña tomaba asiento y colocaba su mirada café sobre el hombre que parecía nunca haber comido-. Escuché que se mudaba a España, pero que eran solo rumores, veo que es una realidad.
-Es futbolista, ¿no? -Ignoraba ella, pues prefería ver hockey, aunque alguna vez escuchó algo sobre él. Ayame le afirmó que así era-Entonces debe ser que viene a jugar a un equipo de aquí.
- ¡Cierto! Algún rumor hay sobre eso, pero no sé quién le vaya a fichar. No pierde tiempo.
- ¡Pero yo sí! -posó su mirada en el reloj de la mano izquierda y sacó el dinero para pagar. Por ponerse a hablar del fútbol se le fue el tiempo. Apenas tendría tiempo para llegar a la escuela.
- ¡Te espero al almuerzo! -se despedía la de mirada café de su amiga que corría por llegar antes de la nueve y recibir a sus alumnos.

El hombre alto salió detrás de la joven. Solo coincidencia. Pagó la cuenta y se encaminó hacia la misma dirección de la joven. Puede ser que allí vivía, o iba tras ella...

Continuará...

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Raissa
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MensajeTema: Re: Amistades peligrosas.   Jue Oct 15, 2015 9:56 pm

Akatsuki se encaminó hacia la escuela. Como iba en una falda que le llegaba encima de las rodillas, no se atrevió a correr o siquiera trotar. Solo apresuró su paso rezando por llegar a tiempo. A unas cuantas calles podía ver la pequeña escuelita. Allí apenas iban los del kinder y un par de cursos del primario. Ella se encargaba de cuidar a los de primer grado.
Cuando entró, se saludó con un par más de maestras y el profesor de educación física, el cual era el único hombre allí. Cuando hubo saludado a aquel caballero, este dirigió su mirada hacia la ventana y vio caminar allí al deportista que parecía no preocuparse por si un fan se le acercaba.

- ¡Santana, Dios mío! -Salió como alma que lleva el diablo hacia la calle, como si el futbolista fuese un ladrón. Y bueno, y es que su admiración sí se la robó. Corrió y corrió hasta alcanzarle-No puede ser, ¡sí aceptaste con el Real Madrid! -Exclamó, por suerte no había nadie más allí, así que el brasilero poca importancia le dio.
-Lo es, la noticia se dará dentro de poco-confirmó con aire orgulloso. Akatsuki observaba desde el interior de la edificación al ver al hombre más serio de la escuela correr como infante.
- ¿Podrías darme un autógrafo? -Pidió sacando una hoja y un bolígrafo que tenía siempre guardados en su bolsillo. Santana tomó los objetos y dio una firma, donde estaba su nombre en una caligrafía legible- ¡Gracias! -dijo, y como no quería ser tan acosador, se retiró muy alegre.

A esa hora ya estaban todos los chiquillos dentro, y el evento de hace poco sucedió al otro extremo de la escuela, por ende fue que nadie les miró. Suerte para el profesor que logró divisar al famoso jugador.
La maestra japonesa se hizo en su escritorio y rió por lo sucedido. Ah, cómo odiaba ciertamente el orgullo en las personas, y más a esos jugadores que derrochan su dinero en cosas que no necesitan, o que podrían usar con más humildad. No se iba a enfadar consigo más en eso, así que ignoró.

Miró a los niños y se dio cuenta que faltaba uno. Aquel chiquillo de alegre sonrisa y cabellos rubios oscuros y mirada azabache. Era curioso que faltase.
No tenía que esperar más, había pasado el tiempo suficiente y el extra de haber llegado ella tarde. Comenzó con su primera clase y puso a los niños a leer, así que les dejó unos cuentos y unos ejercicios para agilizar su comprensión.
Al rato golpearon la puerta. La de cabellos negros fue a abrirla y vio que estaba el padre de aquel chico con un rostro agitado. ¡Eh! Pero si ese era Luciano Leo, otro famoso jugador que ha venido a parar al Real Madrid.

-Señor, buen día-saludó ella, dando paso al caballero de que hablase.
-Maestra. Tenía que disculparme, Joao ha enfermado y tiene fiebre, le dio justo en el desayuno. Le llevaré al hospital. ¿Podría pasar más tarde por los deberes? -Se notaba realmente preocupado, incluso sudor tenía en su frente, como si la fiebre fuese de él. Era un joven que se preocupaba demasiado por el niño, por todo lo que se relacionase con él.
- ¡Vaya! Espero se reponga. Envíele mis saludos y ordenaré todo para que él no se atrase en las clases-indicó. Encantaba de contar con pocos alumnos, pues así se podía relacionar más profundo con ellos.
-Aquí está, seguro que con saber que usted no se enojará por su inasistencia estará tranquilo-varias veces el chiquillo se asustaba por ser irresponsable, eso era muy bueno, solamente que se causaba un estrés innecesario. Quizá esa era razón de su fiebre.

La mujer salió del aula y miró a un lado del pasillo, luego al otro. Ahí estaba el infante Joao, con sus mejillas coloradas y notable bajo ánimo, guardaba su cabecita en el pecho de un hombre de cabellos oscuros.
Era inevitablemente tierno, pues el caballero que sostenía al pequeño rubio, Santana, estaba muy alerta en los cambios que presentase. Carlos marchó a casa de Luciano para tomar al niño e ir al hospital. Como Leo vivía allí cerca, era por eso que se dirigieron él y la japonesa hacia el mismo lugar.

-Oh, eres tu... -masculló Santana al recordar el rostro de la chica, que no era tan asiático, pues su padre era español. Era una combinación fascinante, que la hacía ser bella sin caer en el canon de rubia y de piel y ojos azules o verdes.
-Joao, ve y descansa, pequeño. Aquí te esperaremos, ¿vale? Recupérate pronto-le dijo con tanta ternura que incluso estremeció el frío corazón del Cyborg del soccer. Santana dio un paso hacia atrás, como si fuera temeroso de aquel tono tranquilo.
-Gracias, maestra. Hasta luego-dijo Luciano y se marchó.

A Akatsuki le caía de maravilla Luciano. Si bien era un chico tan famoso como Santana, ganando miles y miles de euros, era un tanto humilde y no se pavoneaba de todo lo que obtenía, aunque, claro, cada vez que podía jactarse de ser tan buen jugador, lo hacía, ¡eso era cosa que nadie le arrebataría!

Pasó el día y por la tarde, tal y como dijo, Leo regresó apenas todos los alumnos se fueron. Volvió con Santana, tan inseparables como siempre. Comentó que Joao se encontraba bien, y que solo necesitaba unos días de descanso, así que para el viernes estaría de regreso. Eso fue buena noticia, pero la maestra indicó que no debía presionar tanto al infante, que era mejor que cometiera de vez en cuando un error y que le hiciera notar que eso no era tan malo.

-Así aprenderá la manera en que no se hacen las cosas-decía la pelinegra, pues el hacer todo bien, pensaba ella, no daba la oportunidad de saber otros caminos que se aplicasen a situaciones futuras.
-Me parece correcto-indicó el rubio mayor-. Disculpe si acaso le hice quedarse más de lo debido-pidió él.
-No pasa nada, siempre me quedo tarde-adjuntó para no hacer culpable al hombre. Cosa que era mentira, varios minutos antes que debía de estar ya comiendo. El estómago le rugía salvajamente pidiendo alimentos.

Leo se despidió una vez más, pero Santana permaneció en la habitación. Era un tanto incómodo para la japonesa ya que no le conocía de nada -aparte del fútbol-, y le estaba mirando de intensa manera.
Luego de un silencio pesado, la chica abrió la boca, pero sin lograr decir palabra alguna.

-Tienes la falda arriba-dijo el de ojos grises y se dio media vuelta. Un momento, si Leo no se dio cuenta, ¿¡qué demonios hacia Santana mirando lo que no debía?!
- ¡¡...!! -Reaccionó mirando su prenda, y así era, la tenía tan arriba que posiblemente su ropa interior se veía, y esperaba que así no fuera. Se coloreó tanto que ahora la de la fiebre parecía ser alguien más.

No sabía ella si recriminarle por ver de más, o agradecer por ese detalle... En todo caso era muy vergonzoso.
Se puso de pie y se revisó, no hubo nada más que le llenara de pena. Hizo un par de cosas antes de marchar nuevamente hacia el restaurante de Ayame.
No tardó la otra asiática en pedir el por qué de haber llegado tan tarde, pero ignoró el asunto tan rápido como pudo, para dar la noticia que escapaba de su garganta.

- ¡Santana viene al Real! O bueno, ya está... ¡Ahora mi equipo será el mejor! Bueno, ¡aún más! -Era tanta la emoción de la chica. Santana se había vuelto un jugador muy solicitado y su precio era realmente alto, también en la lista estaba su amigo Leo y varios jugadores más, alemanes, italianos, japoneses... Pero Carlos no les envidiaba en nada.
-No sé por qué te alegras tanto por eso, si ganan o pierden tu no recibes nada a cambio-fastidiada, decía la chica tomando asiento y pidiendo almuerzo con la mirada.
-Oye, así es en todo deporte, incluso tu cuando ves hockey te alocas y si ganan o pierden no recibes nada a cambio-le devolvió el comentario, ¡era una realidad!
- ¡Oye! -A cualquiera le molestaba que le hicieran esa jugarreta, pero no tuvo nada con qué defenderse.
-Jaque mate-dijo la castaña.

La chica comió en tranquilidad en compañía de Ayame. Como la de cabellos café había comido antes, solo estuvieron charlando.
No tardó en salir el tema relacionado con Santana nuevamente. Akatsuki estaba tan ocupada con su trabajo que los asuntos de pareja estaba en segundo, tercer... En un plano muy lejano, cosa de la que Ayame se encargaba por más que la japonesa se le negara.

- ¡Adivina qué!
-No soy adivina-con molestia dijo Akatsuki a lo dicho por la chef. Cada vez que ese par de palabras sonaban, eran cosas que la pelinegra odiaba.
-Una cita, te tengo una cita.
-Lo sabía...
- ¡No pongas esa cara! -Le regañó-Esta tarde vino un hombre alto y fuerte, y te estuvo preguntando. Dice que te ve cada vez que vienes aquí, y al notar que charlas conmigo dedujo sobre nuestra amistad y me pidió tu número telefónico. No se lo di-se adelantó al ver el ceño fruncido de su amiga-. Entonces le dije que viniera a la noche y se podrían ver entonces a la cena. Esta vez lo hice bien-se premió a sí misma.
-Ajá, entonces quieres que venga con un bonito vestido y lo vea para no lastimarle el corazón-era lo típico. Citas que nunca resultaban en algo de más de dos noches.
- ¡Sí! Y ya verás quién es, no te lo diré hasta la noche-sonreía ampliamente.

Misterio misterioso, era lo que odiaba Akatsuki. Y bueno, todos los hombres le eran desconocidos, solo esperaba que no fuera un loco desesperado.

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MensajeTema: Re: Amistades peligrosas.   Jue Oct 15, 2015 10:08 pm

Vaya, vaya, Santana Very Happy buen capítulo, ya quiero saber si la siguió a propósito o fue casualidad, uhmmmm njajajaa
Con que al Real Madrid? Ya no me caes bien Santana, ya no te pondre mas de medio hermano jajajaja. Es que soy del Barcelona Razz
Pobre pequeño, con fiebre. Sad
Ah si, es verdaderamente vergonzoso, a mi me llegó a pasar una vez... :$
Vaya, una cita. Quien sera el afortuado? jijiji
Esperó por mas Very Happy
Estrenemos el foro a lo grande ^^

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MensajeTema: Re: Amistades peligrosas.   Vie Oct 16, 2015 10:20 pm

¿Y qué me dices de este? Este tiene una pinta de estar súper interesante y entretenido Wink Wink
Primer capítulo y ¡Acción! ¡Como debe ser! No tanto protocolo jajajaja.
Joao es un encanto, desprende ternura por todas partes, adoro ese niño y sólo acaba de empezar el fic! Pobrecito con fiebre. Sad
Bueno a ver qué sucede aquí, sobra decir que hay que actualizar no? jijijiji
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Raissa
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MensajeTema: Re: Amistades peligrosas.   Lun Oct 19, 2015 8:21 pm

Terminó la joven pelinegra en comer, y de repente recordó algo.

-Oye, se supone que los martes no hay cena... ¿Dónde tienes la cabeza? ¿Y él? Si ha venido seguido debería recordarlo...-susurró lo último, así no parecía ser alguien inteligente.
- ¡Maldición! -exclamó cerrando los ojos-Bueno, déjame pensar... Al diablo, dejaré abierto hoy y mañana no habrá desayunos-fue su plan, y así lo haría. Así que se levantó a dar el aviso sin decir algo a su amiga primero, dejándola sola.
-Yo pensé que me libraría...-dijo resignada.

Volvió a casa la japonesa, comunicándole a su amiga que luego se verían.
Eso sí, mientras miraba la tarea de los chicos, no pudo dejar de darle vueltas al asunto de quién diablos se trataría. Le era curioso que se le acercaran chicos que no fueran por parte de Ayame, es decir, cuando ellas salían, pocos se atrevían a acercársele, por temor o porque algo les hacía dar paso atrás.
Otra cosa que no podía sacarse era al chiquillo Joao, y más mientras estaba él en los brazos del atlético Santana. Sí que era cierto que un hombre se veía mejor si estaba con un niño.


Llegó la noche y Ayame le hizo un llamado al móvil de su compañera, diciéndole que no fuese a faltar, que el misterioso hombre llegaría allí a las ocho y no debía tardarse tanto como la última vez [que solo fue una hora...]
Así que pensó en qué vestido ponerse. No podía llevarse un pantalón o una falda, que tenía que ser un vestido o Ayame iba a comprar uno y hacérselo poner. Ni modo.
Miró y tomó uno rojo oscuro de tirantes y corte asimétrico, que le venía en una especie de cola de pato. Conjuntó con unos tacones de mismo tono que le obsequió Ayame en año nuevo. Usó un collar para adornar y se atrevió a perfumarse con un aroma a jabuticaba, algo proveniente de Brasil. Sí, pensaba que se trataba de Santana.

Caminó, al terminar, hacia el restaurante de su amiga amante de Francia. Entró y los empleados... en el fondo de su alma odiaban trabajar hasta tarde, y es que algunos querían ver cómo había terminado la jornada de compra y venta de jugadores y saber las buenas o malas noticias. Ya lo sabrían en el informativo de la mañana, aprovechando que entrarían más tarde, afortunadamente era la buena parte del asunto.

-Tu admirador secreto está allí-le dijo la chef que se había cambiado el uniforme y hasta envidia sentía. Quizá por eso cambió sus ropas a ese traje negro y rojo que le hacían verse estupenda.
-Buf, al menos que esta vez yo no quiera huir. Guíame, y atiende... mesera-agh, odiaba Ayame que le dijeran mesera, no tardó tantos años para que su título de chef jefe quedara en nada.
-Ja-ja, muy graciosa. Anda.

Se encaminaron y llegaron a una mesa oculta en una esquina, iluminada románticamente por Ayame con unas velas. Había sobre la mesa una botella de vino y a un costado de la mesa la hielera, al parecer el joven hombre gustaba de aquel licor. Tenían privacidad, eso era bueno... Y malo.

-Buena noche-dijo aquel hombre. Alto y fuerte, como dijo Ayame. De tez blanca e intensos ojos azules, rubio y notablamente atractivo. Se acercó y tomó la silla para que la joven se sentara, ella se juntó mientras se ruborizaba y él le acercó el asiento. Ayame se retiró, pues el caballero, que sí era un caballero, había ya pedido su comida y le pidió a la chef traer lo que a la asiática le gustara.
-"No puede ser... Es Brian Cruyfford... Qué galante que es, ¡vaya!"-esa era la razón de su intenso rubor. Si bien no era ella tan fan del fútbol, admiraba uno que otro jugador, así mismo, esos equipos donde jugaba. El holandés había robado su total admiración en cuanto el primer lugar se refiere, seguidamente tenía a Tsubasa Ozora, y a eso adjuntaba el asunto de ser del mismo país.
-Disculpa que sea así de repente y que no me haya dirigo hacia ti directamente. Veo que solo coincidimos en el desayuno y hoy saliste tan apresurada que no tuve oportunidad-mientras esperaba la cena, indicó con un tono de voz muy elegante. Iba en un traje negro y corbata roja en un nudo Eldredge, con camisa blanca.
-No hay problema-dijo ella a duras penas, estaba ciertamente tímida y es que no siempre se ven a jugadores de fútbol por ahí, ¡y más dos en el mismo día!
-Te preguntarás qué hace un futbolista en vez de estar con una modelo o algo así, pero sabes... Dicen no tener tiempo, y eso es terrible para mí, y muchas de sus amistades son tan engreídas... Toc, toc-golpeó su cabeza con el puño suavemente, indicando que, si bien no todas las personas en ese mundo son así, varias tenían la 'cabeza hueca'.
-Ja, já-rió la chica aliviando un tanto su rubor. Qué caballeroso le era Brian, muchas veces en juego le vio un tanto orgulloso, ya que muchas veces le guardaban como pieza clave, pero veía que solo era en el campo de fútbol.

Estuvieron charlando y singularmente el holandés le preguntaba a la chica cosas de su vida, como qué hacía y lo típico que se quiere saber del otro, así mismo, la joven se atrevía a preguntar sobre él, aunque no conseguía mucha información. Era mala suerte que fuera media semana, Akatsuki se lo pasaba muy bien, pero tenía que trabajar.
Y bueno, el rubio también tenía que hacer sus deberes, como entrenar y dar entrevistas por la jornada que hace poco acababa.

De repente sonó el móvil de la japonesa, era un mensaje de Ayame que decía: "Ve con él, ¡te vas a divertir!"
La pelinegra recordó el comentario sobre el tiempo que había hecho Brian, si las modelos carecían de él...

-Me gustaría que la noche tuviera más horas-dijo el hombre cuando acababan de comer, acariciando un pedazo de... pan que tenía en la mano.
-No creo que te convenga, si acaricias el pan a las diez de la noche, ¿qué harás cuando tengas sueño? -bromeó ella al ver el acto que hacía el hombre-Podríamos ir por ahí un rato, si quieres-se animó ella a decir-. Solamente que no tan lejos, no tengo cómo regresar-tsk, se hizo ver como pobre... Tenía solamente unos euros porque confiaba en regresar temprano.
-Tengo auto-dijo, aunque eso era evidente, pero la chica no quería aprovecharse de eso.
-...Está bien-quería evitar el insistir por parte del hombre, así que accedió. Pagó Brian la cuenta a un mesero y marcharon. Ayame observó a la lejos, por fin ganó esa apuesta de que una noche Akatsuki se iba con un hombre.

Salieron y en el parqueadero había estacionado un McLaren gris, muy llamativo. Subieron mientras la japonesa estaba impactada por el diseño, -y el precio que sabía ella- lo que costaba un auto de esa gama. Fueron a recorrer las calles y entonces alargaron su charla, siguiendo con bromas y anécdotas, en especial las de Cruyfford que eran muy graciosas.
Como se hacía ya muy tarde, decidieron regresar a casa, pero Brian hizo una sugerencia muy audaz.

-Quisiera pasar la noche contigo. Que no solo te vea a lo lejos mientras me embriago con tu olor, mientras abrazo el aire por el cual cruzaste, mientras sueño con tus besos...-le miró fijamente, mientras seguían aún en el auto estaciones a las afueras del hotel donde se alojaba el holandés.
-...-la chica guardó silencio ante tales palabras que se clavaban en su corazón. Hacía mucho que nadie le dedicaba palabras tan bellas que la hicieron estremecerse.

No pudo siquiera pensar, porque antes de darse cuenta, los labios del rubio se posaban sobre los ella con ternura, deseosos de convertir besos tímidos en una bestia en busca del resto del cuerpo de la joven.
Tanto llevaba la chica sin estar con un hombre que su cuerpo pedía a gritos unirse con el del deportista cuanto antes. La temperatura le subió y podía sentir cómo su sexo reaccionaba al tan solo pensar en estar junto al chico.

Un parpadeo y habían subido al cuarto del hombre, cerrándolo con llave. Sin perder tiempo, reanudaron los besos, agregando caricias e intensas miradas.
Se dirigieron de espaldas hacia la cama del rubio, que era amplia y sin duda cómoda.

Se sentó Brian, posando a la asiática sobre sus piernas, para poder admirar esos curiosos ojos café claro que le hipnotizaban. Tanto era su afán, que guió sus manos hacia la cremallera del vestido y pronto hizo descender el carrito, dejando a la vista el sostén negro que ella portaba. Acarició la espalda con intensidad, palpando la suave piel de la chica. Le quitó el vestido sin perder tiempo, y ella volvió a la misma posición. Jugó la japonesa con la corbata y se la arrebató para posarla en su cuello.
Se recostaron y poco a poco la ropa se alojaba en el suelo.

Estaban ya casi desnudos. El fuerte cuerpo del holandés se llevaba la mirada de la chica, nunca la desprendía ella de sus músculos. Acariciaba una y otra vez el cuerpo de la joven el rubio, gozando cada vez que palpaba los crecidos pezones y besaba el cuello de ella, odiando cuando se topaba con el frío collar de fantasía. Bajaba sus manos, acariciando el vientre, llegando hasta la entrepierna de la chica. Quiso entrar en medio, sabiendo bien qué debía hacer, así que se preparó y acarició con delicadeza el sexo de la chica, pero apenas ella sintió el roce, alejó la mano del hombre. Tanto le apenaba que le hicieran eso, incluso conociendo que eso alocaría su cuerpo.

Brian se acercó y le susurró al oído que todo estaría bien, que no se preocupara por ese detalle. Tan tierno tono usó que Akatsuki accedió. Volvió su mano y procedió a tocarle con dulzura. Gemidos se escucharon escapar de la garganta de la chica. Al rubio le fascinaba aquel sonido. Correspondiendo, la joven acariciaba toda la espalda del hombre, pidiendo cada vez más y más. Se besaron apasionadamente cuando el hombre acercó nuevamente el rostro a la japonesa para admirarla. Comenzaba a fascinarle verla con sus mejillas coloradas.

Pidió permiso para adentrarse finalmente. ¡Ah! Acababa de enamorar a la pelinegra con tanto galanteo. Asintió y él penetró con delicadeza. Comenzó con el vaivén sin dejar de lado los pechos de la chica, mientras besaba de vez en cuando sus hombros, cuello, boca y cabello. Se dieron la vuelta y la joven quedó arriba, comenzando ella a moverse, imponiendo su propio ritmo. Llenaron ambos con gritos la habitación lujosa. La joven cerraba sus ojos sin creer que tal cosa sucedía. El hombre solo seguía admirando la belleza natural que conservaba la chica.

Llegaron al éxtasis, fundiéndose en un unísono gemido. Trataron de calmar su agitada respiración, observándose el uno al otro. El chico se sentó aún sin alejarse de la chica, manteniendo la posición de su acto. La abrazó con cierta fuerza, sin lastimarla.

-Cómo quisiera que fuera de nuevo... No te marches-susurró tras su oído, mientras caminaba usando sus manos por toda la espalda de Akatsuki.
-Pero...-la chica se repetía que no debía hacerlo, el quedarse más de lo debido. Estaba tan lejos de casa, y no contaba con sus cosas para ir directamente al trabajo en la mañana. Pero guardó silencio mientras veía el atractivo rostro de Cruyfford tan cerca de sí. Le entregó un beso y no se pudo resistir a aquella mirada-Me quedaré, me quedaré.

Continuará...

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MensajeTema: Re: Amistades peligrosas.   Lun Oct 19, 2015 8:22 pm

- ¡Qué mala suerte! Quería aprovechar que no cocinaría y venir a comer... Y está cerrado-frente al restaurante de Ayame, un par de hombres se posaban con resignado rostro, en especial el del rubio que en verdad quería descansar de estar metido en la cocina cada mañana.
-Podríamos ir a otro lugar-insistía el de cabello oscuros releyendo ese cartel de que estaría cerrado por supuesto problema. Bien sabemos que fue por cosas de Ayame.
-Pero el miércoles hacen un pan tan delicioso... Está bien, vamos a casa. No quiero ir a otro lugar-no le quedó de otra a Luciano.
- ¿Por qué no? ...Se me ocurre, iré por algo y lo llevo a tu casa, ¿de acuerdo? Si es por no querer cocinar... -se le ocurrió a Santana. Leo asintió y quedaron de verse ahí más tarde.

Fue a pie a un restaurante que quedaba a cuantos minutos de ahí. Era una zona con varios puestos de comida elegantes, unos un tanto costosos, otros no, era de gran variedad. Como seguramente estaría el pequeño Joao despierto al volver, y tendrían que darlde comer de alguna manera, fue a un restaurante donde sirvieran algo menos pesado para el estómago de niño. Eran como las ocho y treinta, así que el lugar estaba un tanto lleno. Hizo la fila y dio un vistazo mientras estaba aguardando para pedir.
Vio a una chica, muy familiar, sentada en una de las mesas de la mitad del lugar. Llevaba ella un pantalón negro y una blusa blanca, cubriéndose con un delgado abrigo de mismo tono que su pantalón. Se le veía un tanto más bella que antes.

Era Akatsuki quien desayunaba, seguramente por estar el restaurante de su amiga cerrado. Tuvo el impulso de querer acercársele, viéndole con inigualable vista una herida en una de sus manos, creyendo que era cosa por el accidente del día anterior. Incluso él estaba asombrado de interesarse tanto por eso... Seguramente porque era quien le entregaba la educación a Joao.
Apenas dio un paso vio que alguien se acercaba.

-Cruyfford... -masculló Santana al reconocer al jugador del Ajax. Sintió algo extraño dentro de sí, algo que no había sentido antes por una chica. Celos.

El rubio se sentó en la mesa, había él terminado de comer. Esperó a que la japonesa finalizara y pagó la cuenta. Pronto salieron con la mirada de Santana encima.
Al cabo de un rato, el brasilero salió con tres desayunos empacados. Se preguntaba por qué estaría la maestra, una mujer que poco tendría que dar a cambio, estaba con un jugador que tenía miles de euros, un talento envidiable y un montón de fans y chicas locas por él. Extrañado, marchó a casa de su amigo de la infancia.
Pasando por cerca de la escuela, vio que el auto del holandés había marchado hace poco. Akatsuki estaba afuera recibiendo a los alumnos que llegaban. Aún faltaban quince minutos para dar comienzo a las clases, así que se acercó a la mujer que estaba en ese momento sola.

-...Hola-dijo un tanto seco Santana, típico en él ser tan frío. Llevaba una camisa de manga corta blanca, junto a un pantalón de vestir negro y la mano metida en uno de los bolsillos, en la otra llevaba la comida.
- ¡Santana! ¿Qué tal está Joao? -saludó con alegría al hombre. Al parecer no solo era así con los alumnos. Preguntó por el chiquillo de cabellos dorados.
-Está mejor, deseoso de volver-indicó mirando sin alejar su vista del rostro de la chica.
-Más tarde dejaré los apuntes y tareas para que se adelante-aunque ya se lo había dicho a Leo, se lo dijo al de ojos grises con el fin de seguir la charla, en verdad no tenía ideas en cómo dirigirla.
-Esa herida en tu mano...-logró divisar la extremidad de la chica, recordando lo que había querido decir. Dejó a un lado la bolsa con desayunos para tomar entre sus fuertes manos la frágil zurda de la chica- ¿Fue por la caída que ocasioné? -miraba, esperando que no fuera mucho. Se veía ciertamente rojiza, como si la sangre le fuera a salir. Era apenas de un par de centímetros, pero muy notable.
-No, no-se sonrojó y dio un paso atrás como pudo, pero no logró zafarse del hombre, le sostenía con suma fuerza, pero sin ocasionarle más daño.

Carlos soltó la mano de la chica, como si reaccionara y no hubiera querido hacer eso. Fue un tanto incómodo. El silencio se rompió cuando un chillido llegó hasta sus oídos. Uno de los alumnos había caído al suelo.
Akatsuki se acercó para ayudarle a levantarse. Le limpió el saco y el pantalón que se ensuciaron. Calmó su llanto mientras le acariciaba la cabeza y le daba ánimos para que dejara de derramar lágrimas. El chiquillo se alegró rápidamente olvidando su caída.
La japonesa regresó pronto con Santana, que había abandonado momentáneamente para atender el pequeño accidente.
Estaba el de cabellos oscuros con mirada distraída, fijándola en donde estaba la maestra hace unos instantes. Estaba como hipnotizado.

Recordaba el hombre cuando estaba en el clan Bara, con el entrenador que le hizo ganarse el apodo de Cyborg, al convertirlo en alguien sin sentimientos. Se preguntaba qué hubiera sucedido si acaso él hubiera tenido otra forma de vivir su vida, sin alejarse del fútbol, pero sí con más ternura.

- ¿Santana? -llamaba la pelinegra al distraído hombre que parecía embobado con el caracol que pasaba por el piso.
-Perdón... -volvió en sí, alejando el recuerdo que tuvo para cambiarlo por el rostro de los que había tomado por abuelos, el único cariño que había recibido en su infancia.
- ¿Pasa algo? -dijo ella, preocupándose por el actuar del supuesto robot. El brasilero negó con la cabeza y tomó la bolsa que había dejado en el suelo.
-Nos vemos.

Dijo sin más y se dio media vuelta, luciendo bastante enigmático. Akatsuki volvió a la escuela, sin saber por qué el pelinegro no le había dado oportunidad de devolverle la despedida.

Más tarde había llegado el hombre a casa de su amigo. No era un lugar tan llamativo como una mansión, pero sí era enorme y muy bien equipada.
Fue al comedor, donde esperaba Leo con su hijo mientras jugaban. Apenas le vieron se alegraron, el estómago les rugía salvajamente.

-Pensé que te habías quedado a cocinar... Esto huele muy bien-dijo el padre sacando todo, para posar un poco de comida frente a Joao, un tanto ante él y finalmente el resto para Santana.
-Me tomé mi tiempo, nada más-Muchas veces contestaba secamente, pero en el fondo ya no era aquel robot y su cuerpo le pedía liberar obligatoriamente sentimientos... para poder llegar a cosas que Santana nunca había vivido por estar metido en el fútbol.
-Te ves muy raro-indicó Leo, conociéndolo muy bien. Siempre llevaba Carlos una mirada orgullosa, desafiante, pero nunca como triste o perdida.

Santana bufó, como si se tratase de una broma. Leo espero a comer y luego poder charlar a solas cuando el pequeño rubio ya no estuviera.
Al terminar, limpiaron un poco y se sentaron nuevamente a la mesa. Luciano insistió, como era de esperar.

-Tienes algo, y eso es algo que no me vas a negar-esos momentos entre amigos era donde mejor podría conocer al misterioso Carlos Santana. Si bien eran amigos desde niños, había cosas que le desconcertaban del hombre.
-Y me vas a insistir-gruñó-. Entonces te diré... Y esto suena muy estúpido, porque me siento como un niño tonto, pero preocupo por una chica, nada más-comentó con desgano, enojado por el hecho de solo pensarlo, molesto consigo mismo y por lo que pasaba.
-Pero eso no tiene nada malo-respondió el otro hombre-. Ya tienes como... 26 años y no...-en ese instante puso un rostro muy pícaro, indicando bien que lo que le faltaba a su amigo era una sacudida en la cama.
- Leo...-se podía ver como si una vena sobresaliera en su frente. Antes esas cosas no le importaban, pero muy en el fondo le apenaba ser virgen, y justamente porque los sentimientos llegaban a su mente llena de emociones negativas.
-Antes no comentabas al respecto. ¡Cuéntame sobre ella! Debe ser muy atractiva para que te nazca el querer hacerlo-se interesó sobresalientemente. Imaginaba ya a una supermodelo de proporciones soñadas, un rostro sin igual y una personalidad candente.
-N-no sé.... -le temblaba la voz y se sonrojó. ¡Se sonrojó! Incluso Leo quería tomar una foto y venderla a una revista de chismes.
-Que no te de pena... Cuéntame de ella-insistia Luciano.
-Muy bien, muy bien-accedió ruborizándose más, por poco y parecería un tomate.

Pero antes de poder decir algo, el móvil de Santana sonó quebrando la tensión que había.

Continuará...

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