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 [Saint Seiya] Aquel Dragón.

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Raissa
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MensajeTema: [Saint Seiya] Aquel Dragón.   Jue Oct 15, 2015 10:29 pm

Título: Aquel dragón.
Escrito por: Alalá (Raissa, Savanna).

Género: Fantasía, romance, tragedia.
Público: +13.
Advertencias: Muerte de un personaje.

Personajes: Lune, Eldrid, Idunna, Syraasthraza, entre otros.

Resumen: Lune es avisado de que tendrá que casarse con una joven el cual ella no quiere, pero encuentra un dragón en el cual depositar su confianza, más esa no es la única sorpresa que tendrá.

Agradecimientos: A Karasu por ayudarme con datos sobre dragones, entre otras cosas.
Créditos: Masami Kurumada, creador Saint Seiya y el personaje Lune.
Karasu, por el personaje de Syraasthraza.

Capítulos: One shot.
Información extra: Un día estaba viendo una película con mi hermana, llamada 'cómo entrenar a tu dragón', fue una película que me gustó bastante, y me dio una idea para escribir un fic con Lune, el cual es uno de mis personajes favoritos. Aprovechando que Lune es de Noruega se adaptó todo casi de inmediato. Cambié un poco la personalidad de Lune para que estuviera más acorde al fic. Espero les agrade la historia !!


AQUEL DRAGÓN.


Hace mucho tiempo, en la vieja Noruega, había un joven guerrero, que, como de costumbre y al igual que los demás, era entrenado para ser parte de las guerras y viajes que hacían los vikingos.

Quizá los vikingos son conocidos como personas rudas y que solo dejan destrucción a su paso. No siempre es así.

Este joven, el cual disfrutaba de observar la naturaleza, era llamado Lune. Siempre realizaba sus labores aunque algunas veces, según su pensamiento, no fueran correctas. Era obediente y muy atento, aunque no solía hablar mucho con alguien, así, no se sabía tampoco de él. Su rostro siempre permanecía serio, o al menos la mayoría de veces.

Lune no gustaba de contar lo que le sucedía a las personas de su alrededor, a veces sentía que no era necesario, no confiaba de ellas, quizá no encontraba a quién regalarle esa confianza íntima.

Un día como cualquiera, despertaba temprano y salía a entrenar junto a su padre, reuniéndose con otros hombres más. Luchaban entre sí y de esa manera corregirían sus errores. Más rara vez a Lune le mencionaban algo, cosa de que su padre estaba orgulloso, pues su familia era siempre la que mejor luchaba.

Estuvieron entrenando toda la mañana hasta que llegó la hora de comer algo, y como siempre, las mujeres entregaban un delicioso banquete, lo cual agradecían a los dioses por la abundancia de día a día.

Se sentaban en una especie de mesa y allí era colocada toda la comida, tomando lo que quisieran. Pero esa vez Lune comió poco y se levantó.

― ¿A dónde vas, Lune? ―preguntó uno de los hombres.

―Has comido poco―comentó su padre.

―Hoy no tengo mucha hambre, seguramente a la noche comeré de más―se dirigió a su padre de cabellos rubios mientras le regalaba una sonrisa―. Caminaré un poco―dijo esperando la respuesta de su padre.

―Oye―se acercó otro de los hombres al padre del joven y le habló en voz baja―, ¿ya le has dicho que tenemos la tarde libre? Así podremos hablar de lo que dijimos sobre tu hijo y mi hija―le recordaba.

―Oh, lo olvidaba―le respondió mientras dirigía su mirada a Lune, quien lo observaba fijamente con sus ojos lilas―. Lune, hijo, por hoy no entrenaremos más, tenemos que resolver un asunto con las herramientas, por lo cual te veré en casa a la noche―le dijo mintiéndole un poco.

El de cabellos claros se despidió de su padre y comenzó a caminar hacia el bosque que cerca se encontraba. Era poco espeso, caminando unos quince minutos se podía observar el mar junto a una costa rocosa.

―Me encanta este lugar―se susurró a sí mismo mientras una brisa tocaba su rostro delicadamente.

El joven se acercó a las rocas que estaban próximas al mar, pues le encantaba escuchar el choque del agua contra estas, y el suave cantar del viento.

―Es como si un dios entonara una canción―dijo ya sentado en una roca, la más alta que se encontraba allí.

Agradecía que pudiera estar allí toda la tarde o al menos la mayoría de esta, pocas veces lograba estar en ese lugar más de media hora ya que pasaba trabajando casi siempre o ayudando en algo. Solamente se lamentaba de no poder tocar su arpa, ya que esta se encontraba en casa.

El joven de veintidós años observaba con tranquilidad el mar… Hasta que detrás de él escuchó un ruido, volteando así su cabeza con rapidez.

― ¿Hay alguien ahí? ―dijo tranquilamente más estaba alerta, en caso de que fuera un enemigo.

Pero nadie respondió o salió a atacar, ni el ruido sonó de nuevo, solamente las olas se escuchaban.

Lune estuvo así un rato, esperando por algún movimiento, cuando de repente algo sale con rapidez hacia el cielo.

―Solamente se trataba de una bella ave―dijo observando a esta aleteando.

Mientras tanto, el padre de Lune comenzaba a charlar con aquel hombre una vez estaban a solas. Parecía ser algo importante ya que en el rostro del rubio se podía observar algo de preocupación.

―Mi mujer se encuentra muy alegre, no tengo palabras para describir la emoción de Eldrid, mi hija espera ansiosamente el día en que todo se lleve a cabo―comentaba el castaño.

―Me alegro―decía de corazón, pero sin ocultar su pequeño miedo―. Pero a Lune no le he contado nada, me aterra el pensar qué podría ser de él al enterarse de que le obligaré a casarse con quien no desea―el castaño le hace una mala expresión al rubio―. Tu hija es hermosa y encantadora, no hay duda, pero Lune no está interesado en esos asuntos por el momento―confesaba.

―Pero, ¡no seas tonto! Bien sabes que los dioses tan solo quieren que nuestras tierras sean abundantes y procreemos seres dignos de cuidarlas, la unión de nuestros hijos será bien vista―le comentaba alegremente.

― ¡Lo sé! Pero no puedo obligar al ser que amo tanto, ¡es como si pidiera a mi mujer que acabara con su vida! Es algo que no me perdonaría―respondió apenado.

―Escucha, amigo, habla con tu hijo en compañía de tu mujer, lo mejor es resolver todo antes de marcharnos a ese viaje, espero mañana una respuesta―le dio un par de palmas en la espalda y salió hacia su hogar, pues ya la noche caía.

Una vez la luna brillaba en el cielo nórdico, era hora la de cenar.

― ¿Has disfrutado tu tarde libre, Lune? ―preguntaba la madre del nombrado, la cual tenía una bella mirada azul.

―Sí, fue tranquila―respondía sonriente―. Aunque un ave me asustó, pero era bella―comentaba usando palabras suaves, cosa que hacía solo frente a su familia.

Por un momento se quedaron en silencio. Luego de eso, al padre se le notaba algo indeciso.

― ¿Ocurre algo, padre? ―quiso saber el chico.

La madre entonces sospecha que se trata del asunto del casamiento, y pregunta al hombre si es necesario hablar de eso, luego de unos susurros los cuales Lune no entendía, deciden contarle todo.

―Hijo―inició la de ojos azules―, ¿recuerdas a Eldrid? ―preguntaba ella, a lo que él responde afirmativamente―. Deseamos que ella y tu se unan en matrimonio, creemos que…

― ¡¿Qué?! ―exclamó deteniéndose y dejando caer los cubiertos al suelo― ¿Cómo se atreven a hacerme tal cosa? ―enojado preguntaba.

― ¡No trates de esa manera a tu madre! ―gritó levantándose, pues la culpa era de él, la madre del joven tampoco estaba del todo de acuerdo.

― ¡Ustedes son lo que no tienen derecho, no pueden obligarme a hacer más cosas que no quiero! ―contestó botando el plato de comida y se retira hacia su cuarto sin siquiera darse vuelta.

El padre se sienta nuevamente con la mirada baja, muy triste. La mujer de ojos azules posa su mano en el brazo izquierdo del hombre, y le regala unas palabras esperando que le anime, pero es inútil.

Esa noche, en casa, se siente tensión y poco logran dormir, mientras que, en la casa de Eldrid se siente alegría, ya que creen que todo se dará.

Al otro día, como de costumbre, se levantan temprano para ir a entrenar.

El padre con algo de pena se dirige hacia el cuarto de Lune. Golpea suavemente en la puerta y pregunta si ya está listo para bajar a desayunar. Más no responde.

―Hijo, no te enojes… Podemos hablar con ellos y les diremos que tu n…―comentaba mientras abría la puerta y se adentraba al cuarto.

Pero Lune no estaba.

―Es la primera vez que se enoja…―susurró el hombre cerrando la puerta, ya solo le quedaba irse a entrenar solo.

La mujer de ojos azules se entristece, pero promete al hombre hablarle a su hijo en cuanto lo viera.

El rubio llegaba a aquel lugar, pero no podía ocultar su tristeza, y esto es cosa que nota con rapidez su amigo castaño.

―Lune no ha venido, ¿se ha molestado? ―dedujo.

―Así es. Es lo que te decía, no puedo obligarlo―le miraba a los ojos.

― ¡Pero fue una promesa! Se tienen que casar, mi hija está enamorada de tu hijo, no puedes lastimar el corazón de Eldrid―reclamaba el castaño.

― ¿Qué hay de mi hijo? ¿Acaso no tiene corazón? ¡Claro que tiene, obligarlo no solo partiría su corazón, sino también el lazo que tenemos! ―dijo comenzando a molestarse.

El castaño calló, pues no encontró manera de seguir reclamando, pues era cierto, no se podía obligar al joven, todo quedaba en manos de Eldrid para que se ganara el amor y confianza de Lune.

Comenzaron a entrenar, aunque ambos estaban algo molestos y no se dirigieron la palabra durante el entrenamiento.

Por otro lado, Lune se había marchado temprano a aquella costa rocosa, pues allí siempre encontraba tranquilidad y la paz para pensar sin tener ideas de enojo. Sabía que sus padres de vez en cuando hacían cosas sin acudir a él primero, cosas que le involucraban.

―Pero es inaceptable, yo debo escoger con quién quedarme, no ellos―se dijo mientras tocaba su arpa, la cual había tenido cerca desde que se enteró de lo que pensaban sus padres.

Aunque poco tiempo había estado allí sentado, en la misma roca del día anterior, el sol le comenzaba a molestar y prefirió sentarse debajo de los árboles. Y como poco había logrado dormir, el sueño le venció y, recostado en el pasto, cerró sus ojos.

Y pasó una hora en la cual recobró las energías que la noche anterior no pudo, hasta que un ruido le despertó.

― ¿Qué sucede? ―se preguntaba mientras se le aclaraba la vista y tomaba su arpa, dirigiendo su mirada a la costa―. Oh, vaya… Si es un, un… ¡Un dragón! ―se emocionaba al ver aquel ser frente a él, y para poder deleitarse mirándolo, se ocultó tras unos arbustos.


Contempló al ser alado, sus ojos azules eran hermosos, profundos, pero los notaba cansados y tristes. Observó el resto del dragón, el cual tenía las escamas azules y el sol, reflejadas en estas, le hacían brillar en tonos más claros y atractivos.

La larga cola hipnotizaba a Lune quien no parpadeaba siquiera. Donde vivía los dragones eran considerados malos, y siempre que se decía que alguno había sido visto, al poco tiempo se decía que estaba muerto, y así, el lugar a salvo.

―No creo que estos seres sean malos, son hermosos… Quizá sean como los humanos, algunos buenos, y algunos malos… Quizá no los comprendemos aún―pensaba para sí mismo mientras seguía observando al animal, en su alrededor se notaba la arena levantada, levantada con fuerza, seguramente había aterrizado mal y cayó en la costa―. Lo sabía… Tiene la cola herida―comentaba en voz baja observando la sangre caer por esa extremidad.

Aquel dragón hacía unos ruidos confirmando aún más el dolor que le provocaba la herida, herida la cual seguramente no le permitiría volar durante algún tiempo.

Lune, preocupado, se quiso acercar al ser alado para ayudarle, y así quizá confirmar que no todos los dragones son malos. Así, salió de su escondite y bajó a la costa acercándose con lentitud, evitando que el dragón le viera.

Mientras caminaba sobre las rocas y la arena, miraba al ser que cada vez se agitaba más y más, hasta que finalmente echó la cabeza sobre un rinconcito de arena, pero no cerraba sus ojos.

Aprovechando que el dragón se concentraba en descansar, Lune se acercó sigilosamente a la cola del animal y la observó. Vio que una de las pequeñas aletas estaba cortada y por eso sangraba bastante.

―Tengo que detener el sangrado―se susurró y dudaba en tomar la cola, pero se decidió y posó sus manos allí para palpar un tanto la herida, dándose cuenta que era algo grave pero que mejoraría.

El ser alado sintió que algo tocaba la cola, pero pensó que quizá era producto del sangrado o que alguna roca cayó encima, así que no prestó atención.

Mientras tanto, Lune pensaba con qué cubrir la herida. Miró sus ropas y al ver que eran largas, optó por rasgarlas y rodear con el restante aquella cortada.

Suspiró, pues aún tenía miedo a la reacción del dragón. Contó en su mente hasta tres y puso las ropas sobre la herida. Nada sucedió. Y entonces comenzó a formar un nudo que apretaría un poco y así evitar más sangrado. Pero el dragón soltó un fuerte rugido y movió su cola con brusquedad.

Lune fue golpeado y cayó en la arena, por suerte no cayó sobre alguna roca, así que se levantó y comenzó a hablar al dragón.

―No…―tragó algo de saliva―. No quiero hacerte daño… Quiero ayudarte… Por favor―pidió mientras mostraba sus manos las cuales tan solo tenían un poco de la sangre del animal.

El dragón fijó su mirada azul al joven y notó que era cierto lo que decía, pues también observó que en la arena estaban las prendas de él y no un arma como sospechaba.

El animal entonces acercó su cola a donde estaba el joven y dejó que le tratara la herida. Luego de un rato, la prenda fue puesta y el dragón sentía mejoraría, pero claramente, cuando intentó volar, no pudo y cayó apenas dio un par de aleteos. Pero ya que estaba mejor, se dio vuelta y acercó su cabeza a la del joven, teniendo cuidado de no lastimarle con sus cuernos.

Lune acarició las escamas de la cabeza y las sintió suaves, cálidas, y además, le transmitían un extraño sentimiento que no había sentido con algún ser humano.

Y lo mismo sintió el dragón, el cual se sorprendía de sentir tanta bondad en el corazón del de cabellos plata. Y así se mantuvieron un rato, como si el resto del mundo no existiera, como si nada más importara. Hasta que el dragón alejó su cabeza y se quedó mirando fijamente al joven.

―Espero que mejores―sonreía Lune pensando que su compañía se iría, pero estaba equivocado, el animal, con su cabeza, indicaba que era él quien debía marchar, pues el dragón quería descansar―. Entiendo, no puedes irte hasta estar mejor―el ser alado asintió―. Parece que entiendes lo que digo. Te dejaré entonces―se alejaba mientras comenzaba a caminar para recoger su arpa y volver.

Apenas caía la tarde, así que Lune prefirió caminar por los alrededores hasta que fuera de noche e ir a cenar a casa, ya su estómago rugía más fuerte que el dragón.

Y esa, y muchas noches más, no se dirigían palabra ni con su padre ni con su madre, pues aún estaba la molestia.

Pero parecía que el asunto no podía ser dejado con facilidad, ni siquiera ser nombrado, pues apenas decir el nombre de alguno de los involucrados hacía que los malos gestos aparecieran. Y así, era tanta la molestia que Lune ni siquiera iba a entrenar, no fuera que el hombre castaño insistiera en hablar.

Y durante esos días en que Lune no entrenaba, se la pasaba en la costa y se encontraba con el dragón, el cual no había podido emprender vuelvo todavía.

Lune contaba al dragón sus problemas, parecía que le escuchaba atentamente y movía su cabeza cada vez que le hacía una pregunta. Comenzó a depositar en el ser azul su confianza.

El joven de cabellos claros trataba día a día la herida del animal y hasta le traía comida, y al parecer, el dragón comenzaba a tomarle cariño, dándose cuenta que lo que había sentido aquel primer día era cierto, el corazón del joven está lleno de buenos sentimientos.

―Qué encantador humano―pensaba para sí mismo el dragón un día que estaban recostados sobre la arena, y Lune descansaba sobre la panza del animal―, no es como los demás que huyen al vernos, o como los que intentan matarnos… Es más inteligente que los ancianos de las aldeas―se dijo mientras movía alegremente la cola, aunque le dolía un poco.

―Parece que estás contento―respondió Lune algo adormilado y mirando la extremidad moverse.

―Lo único malo es que se dirige a mí en masculino, cuando soy ‘mujer’―pensaba nuevamente sin dejar de mover la cola―, ¿será conveniente hacer eso? Uh…―se preguntaba.

Aunque era una tarde agradable, Lune debía marchar.

―Quisiera que alguna vez me contaras sobre ti, apuesto que siendo dragón tienes interesantes historias―confesaba y seguidamente se despidió.

La dragona entonces quedó nuevamente sola y se recostó una vez más en la arena.

―Me recuerdas bastante a aquel dragón, que para mala suerte no pude confesarle mis sentimientos―susurraba en su mente imaginándose a Lune junto a ella―, quizá los humanos no vivan tanto como un dragón, pero sería agradable tenerte. Los tesoros en mi cueva no son lo que busco―terminaba de pensar hasta quedar dormida.

Esa noche, después de tanto tiempo, el rubio habló nuevamente con su hijo el cual parecía no estar ya molesto. Y mientras hablaban de las cosas que había hecho―sin contar el secreto del dragón―, la puerta sonó inesperadamente.

― ¿Quién será? ―se preguntaba la mujer mientras se dirigía a abrir la puerta, y con rapidez se enteró, era Eldrid junto a sus padres.

―Perdón interrumpir su comida, pero debemos hablar de lo que habíamos acordado―habló la mujer y luego fueron invitados a pasar.

―Pronto debemos marcharnos y tenemos que organizar la boda―habló el hombre recordando el viaje al mar que se avecinaba.

―Amigo mío, te lo he dicho ya varias veces―habló el rubio.

―Pero yo quiero casarme con Lune―intervino Eldrid y posó sus ojos castaños sobre el nombrado―, siempre lo he amado―confesaba sin miedo.

―Eldrid…―susurró y en ese momento todos querían saber qué era lo que debía decir―, yo no te conozco, no te quiero de la manera en que lo haces conmigo. Pido tu perdón, pero…

―Pero, ¿qué? ―intervino nuevamente la chica con molestia―. Tus padres me aseguraban que me querías, y mis padres lo confirmaban, ¿acaso todo es mentira? ―seguía con aquel tono.

― ¡Es mentira! ―le confirmó a la chica―, si te quisiera te lo hubiera dicho hace bastante, me están obligando a querer algo que no quiero―insistió.

―…―la manera en que Lune lo dijo partió el corazón de la chica, la cual en vez de entristecer, llegó a enojarse y salió de la casa sin decir nada.

Los padres de ella no dijeron palabra alguna y salieron también. El rubio se acercó a su hijo.

―Perdóname, nunca quise que fueras infeliz―comentaba su padre colocando su mano en uno de los hombros del chico.

―Tranquilo, padre, comprendo. Es tu amigo y también querías verlo feliz, te perdono, pero temo que ella fuera a hacer algo―dijo y salió de casa.

Lune quería conversar con el dragón así que fue en busca de él. Mientras tanto, Eldrid quería saber la razón por la cual el joven no la quería, a lo lejos observó que el de cabellos claros se dirigía a algún lugar, así que quiso seguirlo.

El joven de mirada lila llegó entonces a la costa y encontró al dragón descansando. Aunque hace poco dormía, un pequeño dolor le hizo despertar. Vio a Lune y se alegró de verle, así que este se acercó sonriente y, al ver que el ser alado le daba permiso, se recostó cerca de la cabeza de este.

―Es bueno encontrarte, parece que tu herida es peor de lo que pensé. Tengo tantas ganas de contarte lo que me ha pasado estos días―le dijo, pues nunca le contó lo del asunto con Eldrid.

―Tu corazón se nota preocupado―pensó la dragona y se dispuso a escuchar la historia de Lune.

Cuando el joven terminó de contar todo, parecía que el alado de tono azul se colocó algo triste, quizá para acompañar a Lune en lo que sentía. Entonces, acercó la cabeza para acariciar con esta la del joven, ya que no podía acariciarlo con sus extremidades.

―Quisiera saber si tienes un nombre―dijo Lune acariciando las escamas del animal―, nunca te dije el mío, yo soy Lune―continuaba con su gesto.

En ese momento la boca del animal subió hasta la mejilla del chico y parecía que depositara un beso.

A Lune le parecía algo curioso, pero se alegraba de que el dragón le mostrara también su afecto, así que fue a acariciar la trompa de este, pero fue su sorpresa al no sentir las escamas ya.

Aquel enorme animal se había convertido de un momento a otro en un ser humano. Y para suerte del joven no era un hombre, pues aún le continuaba besando.

El hombre quedó asombrado más que nada por la transformación, luego se maravillaba con la belleza de la ahora mujer. Se notaba de su edad, de ojos azules y cabellos naranja. Quería escuchar su voz, quizá sea tan bella como ella.

―No sabía que podías… Ni que eras…―no lograba terminar su frase, incluso sus mejillas comenzaban a ruborizarse.

―Hay muchas cosas que no sabes de nosotros―su voz era tranquila y muy agradable―, eres una gran persona―le dijo sonriendo.

A lo lejos se podía observar a Eldrid quien llegaba algo cansada, pero logró finalmente encontrar a Lune, y claro, verlo junto a la joven.

―Así que eso es, está enamorado de ella… Si pudiera quitarla de en medio quizá se fije en mí―pensaba ella oculta en los arbustos en los cuales estuvo Lune hace varios días.

La chica pensaba en cómo acabar con la mujer, debajo de las ropas de la que es dragona, se podía observar una herida en sus piernas, era la herida que, cuando se transformaba, estaba en su cola.

Como Eldrid no podía escuchar nada de lo que se decían, tan solo se quedó observando. Mientras tanto, Lune hacía varias preguntas a la mujer.

―Deseo saber tu nombre―le dijo tomando su mano.

―Soy Idunna―contestó―. Ahora que puedo hablar contigo, quiero agradecerte lo que has hecho por mí―le dijo con sinceridad y se acercó para besarle en los labios.

Lune quedó inmóvil ante tal acción, y solo consiguió responder el beso que le era entregado. Fue un momento que nunca olvidaría, pues sintió que era una acción desinteresada y llena del amor que nunca antes había podido sentir.

Cuando se separaron, Idunna recostó su cabeza en las piernas de Lune, recostándose en la arena.

―Te quiero…―le susurró mientras volvía a transformarse en un dragón y se quedaba dormida sobre el joven.

Mientras tanto, Eldrid se asombraba de ver que aquella mujer es un dragón.

―No puedo enfrentarme con ella así… Tendré que buscar ayuda―dicho esto se retiró del lugar.

Al otro día, a pesar de encontrarse mejor Lune con sus padres, faltó una vez más para verse con Idunna. Se dirigió a la costa y allí la encontró una vez más, se notaba mejor, pues estaba ya volando aunque a baja altura. Apenas la dragona le vio, aterrizó.

―Comienzas a mejorar, me alegro mucho―acariciaba la cabeza del ser alado―. Quiero decirte algo. Sé que ahora no puedes transformarte en humana, y lo entiendo, prefiero que descanses. Pero en cuanto puedas hacerlo, quiero presentarte a mis padres como mi futura esposa―sonreía.

― ¿Esposa? ―se preguntaba ella, quizá soñaba, era increíble que escuchara esas palabras.

―No puedo prometerte estar toda la vida contigo, pero si protegerte y amarte mientras estemos juntos―rodeaba el cuello de ella como podía para abrazarle.

Por la tarde, Idunna invitó a Lune que subiera sobre ella, pues quería llevarle a una isla cercana y mostrarle qué se sentía volar sobre el mar. Él aceptó y volaron un par de kilómetros, los cuales le sirvieron de ejercicio a la dragona.

Allí en la isla entonces descansaron un momento, y Lune agradecía por la experiencia que recién vivía, aunque parecía que él no podía entregarle nada nuevo a su pareja, más estaba equivocado.

Se dispusieron a marchar, pero antes de eso Idunna se volvió humana y le entregó un beso a Lune.

Más en eso aparece un dragón azul y sobre él estaba Eldrid.


― ¡Te voy a matar, maldita, Lune es solo mío! ―apuntaba con enojo y en eso el dragón azul lanza un rayo de su boca directo a donde estaba Idunna.

―Lune, sujétate bien―pidió la chica mientras se transformaba también en dragón y se elevaba al cielo, llevándose consigo a Lune en su lomo.

―Eldrid, ¿qué demonios haces? ―preguntaba el de cabellos claros ocultando su cabeza del fuerte viento que se producía mientras la dragona volaba.

Pero el dragón azul le perseguía y con la herida de su cola se hacía difícil esquivar los rayos que le eran enviados. Aunque Idunna era inmune a ese tipo de ataques, Lune era quien podría ser lastimado o incluso morir.

Los ataques continuaban e Idunna comenzaba a sentir un fuerte dolor en su cola, lo cual hace que sea obligada a descender, por lo cual tiene que hacerlo en una de las islas cercanas.

Cuando aterrizan no logran siquiera colocar todo el cuerpo en tierra, sino que el dragón azul les golpea con fuerza y caen al suelo mientras sus cuerpos comienzan a sangrar. La dragona es golpeada por el dragón azul con su cola y garras, pero Lune se acerca para evitar que la batalla continúe, pues sabía que Eldrid no quería que fuera lastimado.

Pero más cuando se acerca, es alejado por la cola de Idunna pues no quiere que sea aún más lastimado.

Idunna está herida en varias partes de su cuerpo y poco logra moverse ya. Pasan unos segundos donde ninguno se movía y Eldrid pedía que la dragona fuera asesinada ya.

Pero algo cruzaba el pensamiento del dragón azul y al parecer de Idunna también.

―Por favor, basta ya…―pensaba la dragona mientras caía al suelo. Lune se acerca preocupado y acaricia la cabeza de Idunna.

―Resiste, ¡por favor! ―pedía.

Y antes de dar el golpe final, el dragón azul se da cuenta por qué no puede ejecutar la acción con la cual acabaría a Idunna.

― ¡Idunna! ―el dragón azul se transformaba en una mujer de cabellos casi blancos y ojos azules, y de mala gana dice―Estas cosas solo te pasan a ti, ¡parece que tendré que devolverte el maldito favor!

Idunna reacciona y recuerda a la joven, a la cual hacía bastantes años le había salvado de una situación similar.

―Escúchame, te daré el honor de que sepas el nombre de quien te asesinó. ¡Syraasthraza no permitirá que realices una estupidez más!

La joven de cabellos plata se transformó de nuevo en dragón y acercó sus afiladas mandíbulas a Eldrid, y sin que le diera el momento siquiera de reaccionar, la mascaba y la sangre manchaba el cuerpo del dragón.

Lune se sorprendía pues era la primera vez que observaba semejante cosa, y más aún al ver que después de devorar a Eldrid estaba como si nada. Syraasthraza entonces comenzó a subir a Idunna a su lomo e invitó a Lune que subiera también, pues los llevaría de regreso a casa. Ya era de noche.

Una vez volvieron la dragona azul marchó e Idunna descansaba en la arena.

―Maldición, hace poco te hice una promesa y no pude cumplirla―se lamentaba mientras tocaba una de las patas del ser alado.

―Lune, acepté tu promesa pero no puedo obligarte a morir, encontrarás la manera de protegerme adecuadamente―se transformó en humana y las manos de ellos se encontraron―. Déjame ver a tus padres, aunque esté llena de heridas deseo conocerlos, lo de hoy me tiene un poco asustada, no quiero irme sin verlos antes―le comentaba.

―No puedo negarme, déjame curar tus heridas e iremos inmediatamente.

Lune marchó a casa y buscó algunas cosas y de alguna manera trajo un vestido, pues el que tenía Idunna en su transformación estaba roto y ensangrentado.

El joven limpió las heridas y la chica sostenía su brazo cariñosamente.

Una vez terminaron, Idunna se cambió de ropas, sin que Lune le observara, y se dirigieron a casa de Lune. Se reunieron en la sala.

―Queridos padres, ella es Idunna, la mujer que amo―la presentaba y ella agachaba la cabeza en forma de saludo.

―Es un gusto conocerte. Pero me preocupan las heridas que tienes―respondió la mujer de ojos azules.

―Suelo caerme bastante, tengo pies torpes―bromeó y rió con suavidad.

―Qué agradable eres―comentó el rubio―. Tienes la misma mirada que mi mujer―comentaba alegremente.

―Pero tengo algo que decirles de Idunna―seriamente dijo Lune.

― ¿Estás seguro? ―susurró cerca del oído del joven la chica de cabellos naranja.

―Idunna no es humana… Ella es…

―Un dragón―dijo ella misma antes de que terminara.

― ¡¿Un dragón?! ―exclamó el padre―Lune, ¿qué demonios piensas? ¿Es una broma, acaso?

―No es una broma―interrumpió Idunna―, los dragones no somos malos.

―Solo sé que quieren humanos para comerlos o esclavizarlos―dijo la mujer de ojos azules.

― ¡Madre, no es así! ―dijo Lune―Llevo semanas con ella y de ser así seguro me hubiera llevado.

―No me importa―contestó de mala gana la mujer― ¡Vete, vete! ―dijo junto a su esposo.

Idunna soltó unas lágrimas y observó a los padres que le miraban con molestia. Al ver que era inútil seguir hablando, salió corriendo de casa, pues no quería hacerles daño o cometer un error peor.

Apenas salió se transformó en dragón, pensaba en marcharse sin Lune, más él se colgó de su espalda la cual fue luego el lomo del dragón, y le susurró mientras se emprendía vuelo a la cueva a la cual Idunna vivía.

―No te dejaré ir sola, prometí protegerte y amarte, y aquí me tienes―se abrazaba a ella.

―También te amaré y protegeré, Lune―pensaba la dragona mientras su corazón se sentía envuelto en alegría.

Lune e Idunna entonces vivieron de los tesoros de la cual esta última guardaba celosamente, hasta que finalmente uno de los dos tuvo que dejar este mundo. Lune marchó e Idunna esperaba encontrarlo en Valhalla, pues ella lo consideraba un guerrero digno de esas tierras paradisiacas.

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